HIMNO AL MÁXIMO ORGULLO DEL
CONTROL SOBRE EL PLACER AJENO
Intento concentrarme.
Aunque de esta manera no disfruto más de lo inevitable
lo hago bien y me jacto de ello.
El sonido de las lágrimas se funden con el olor y la incomodidad.
¡Si quiero dejar a un lado este engorro,
¿por qué lo que obtengo es frustración?!
Entonces permanezco en esta y comienzo a disfrutarlo.
Y es cuando la sangre huye por mi pierna.
Me comparte el sentimiento frió y refrescante.
Trato de sentir y pensar en el escalofrió que la gota de sangre me brinda
pero los gritos me sacan bruscos del trance.
Vuelvo a la realidad; a mi cuerpo torcido.
La ubicación de masa sofoca a mi cuerpo.
Pido cambiar pero no quiero perder la oportunidad.
Y en el segundo que creo mejorar (así como la vidente percibe el inevitable destino),
me doy cuenta de que no será por mucho tiempo.
No quiero decepcionarla
mas no dejo de pensar en el temor cuando el ritmo se va de mis manos.
E importa pues cuanto más rápido es este, mas sangre se escurre por mi pierna.
Nunca por demás la sangre me tranquiliza de hecho; hasta que se agota,
y con ella, la habilidad.
Miro ahora su boca abierta; y sin pensar, al hacerlo en ese estado, me da ánimos de introducir mis dedos.
Lo hago.
Sus lágrimas me transforman en un dios cuando baño mi orgullo en ellas. Y debo reconocerlo;
si en algún momento disgusté de la forma, el control de esta nunca pierde su efecto satisfactorio.
La carne tiembla a un compás de tres cuartos y sangra para complacerme.
Y la situación es buena, no en este caso para mi:
como ya dije, para mi orgullo.
Estúpida es la hipocresía que nunca me permitiría decir;
"A falta de placer carnal: el gusto por el control total y secreto. "
Finalmente y a pesar de todo, ¡OH IRONÍA!
Fue el dolor ajeno quien arrebató el poder de mis dedos y piernas.
La costumbre y la desidia, son nuestros verdaderos dueños.
Son aún superiores a nuestro control
y su única huella, es una graciosa mancha de sangre en la cama.
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