Aquí está; El mono násico.
PARTE UNO
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El mono násico
'Yo creo que yo no existo.' Dije cual estúpido parrafeo existencialista, es decir, no vale la pena pasarse una vida pensando una y otra vez sobre un vacío propósito humano; pero lo que yo dije fue espontaneo y casi real. 'Todos en la calle lo dicen...' Y ahora ¿soy un triste y reflexivo ser lleno de traumas? Esto no esta bien. ¿Por qué lo dije? A mi nunca me ha importado llamar la atención y de hecho nunca tuve necesidad pues mi particular fisonomía lo hacía por mi. No lo se, pero no por atención. No podré bajar la cara, pero si la mirada. La baje, si, pero intencionalmente. Y no importa ser honesto, realmente esperaba verme miserable; incluso hasta pude sentir un nudo en la garganta mientras mi cuerpo se calentaba bajo mi fría piel. Pasaron unos momentos, en los que esperaba impaciente se condolieran de mi. ¿No por atención? Si que estaba siendo hipócrita; pero a fin de cuentas, ¿para qué quiero yo atención? Suficiente me basta con la que ya tenía. Uno de mis zapatos se había ensuciado con suciedad de paloma; parecía que el mundo me trataba de la misma manera en la que yo me sentía conmigo mismo. Observaba su forma, era la de algún país o cuidad, con docenas de fronteras rectas que a lo lejos se forman irregulares. La suciedad no era de esas grandes que parecen coágulos de pintura. No. mas bien era de esas que son como los rezagos de mermelada en la tapa de su frasco; extremadamente aguada. Escuche la voz del hombre: '¿Decir qué?'. Ya casi olvidaba lo que dije. 'Que soy imposible; que no puedo existir.' Vaya, la suciedad repentinamente se escurrió un poco. Y yo creí que estaba totalmente seca. Después de decir eso, toqué mi mano con los dedos de la otra y fruncí mis labios hacia abajo, como niño mimado. 'Bueno, pero tu estas aquí. Existes. De lo contrario no podrías tocar tu mano.' ¡Pero que aire de sabiduría! El hombre dijo esto, con el tono de quien dice una revelación. Lo único que me alegró fue que estuviera al pendiente de mis acciones. Usaré los otros zapatos, esta mancha repele mis ánimos hacia abajo. '¿No lo crees?' Lo que creo es que quiero que me saque de aquí. 'Si. Tiene razón.' Dije, de la manera mas teatral posible: el ‹Si.›, tan triste como si yo no tuviera madre, y ‹Tiene razón.› reflexivo pero al borde del llanto. Por un momento hasta me sentí triste de verdad. El mejor actor de aquel cuarto; el único: este hombre de verdad piensa que lo que esta pasando aquí es real. Con esa ultima frase levanté la mirada, pero sin verlo, a modo de iluminado. Un pensamiento tan profundo como no existir hecho pedazos en solo unos segundos. No me importa realmente que sea imposible mi existencia; no mucho de lo que digo lo siento realmente...
'No te preocupes por lo que otros digan.' Diciendo aquello, acarició mi nariz; que por esos momentos rozaba su tobillo. Y giré mis ojos hacia el. No estaba seguro de si algún un punto sensible había sido rozado con esa frase. ¿Sería que el también entró en el juego de actuar? ¿Escondiendo ataques a mi sensibilidad en frases alentadoras? ¡Y dió palmaditas a mi nariz! Como todo timador: bueno o malo. Pero aunque esto me preocupaba bastante, más lo hacía la reflexión que su engañosa frase provocó. ¿Será posible que realmente me afecten las opiniones que tiene la gente sobre mi? Y tal vez no solo las que se refieren a mi físico: yo no me he dado mucho a querer. He hecho pagar con malos tratos a cualquier persona por el hecho de ser así. Como dije, no hace falta que yo sea hipócrita conmigo mismo. ¿Y ahora de verdad me preocupa aquel tema?
Mi cuarto era un chiquero, encima de que una pared era mucho mas corta que la de enfrente por el hecho de vivir en el ático. Casi como un monstruo al que esconden del mundo, pero que este lo observa pasar ignorante por su pequeña ventana elevada. Mi catre estaba destendido, y mi ropa tirada como minas en una guerra. Nunca advertí que este hombre vendría a despertarme, no fue mi culpa. Yo solo dormía y él llegó a decir mi nombre. Me desperté y noté que su cabeza casi rozaba con el inclinado techo; entonces tomó una silla, la colocó frente a mi cama y se sentó.Yo salí de las sabanas sentándome, lentamente obviamente. Vi mis pies y me asusté: el hombre los pudo haber visto. Me coloqué mis zapatos y hablamos. Ahora me paré, después de él obviamente. Y esperé a que estuviera a un metro y fracción de la puerta para poder salir. 'Mejor baje, yo lo alcanzo en la cocina.' No me molestaba, ya me había sobre-acostumbrado a este tipo de situaciones. No me molestaban para nada. Mientras él bajaba, yo aproveché para ponerme otro pantalón. En mi cuarto todo era mas fácil: mi nariz descansaba sobre mi cama y me lo pude poner fácilmente. Abroché mi cinturón y bajé.
'Yo creo que yo no existo.' Dije cual estúpido parrafeo existencialista, es decir, no vale la pena pasarse una vida pensando una y otra vez sobre un vacío propósito humano; pero lo que yo dije fue espontaneo y casi real. 'Todos en la calle lo dicen...' Y ahora ¿soy un triste y reflexivo ser lleno de traumas? Esto no esta bien. ¿Por qué lo dije? A mi nunca me ha importado llamar la atención y de hecho nunca tuve necesidad pues mi particular fisonomía lo hacía por mi. No lo se, pero no por atención. No podré bajar la cara, pero si la mirada. La baje, si, pero intencionalmente. Y no importa ser honesto, realmente esperaba verme miserable; incluso hasta pude sentir un nudo en la garganta mientras mi cuerpo se calentaba bajo mi fría piel. Pasaron unos momentos, en los que esperaba impaciente se condolieran de mi. ¿No por atención? Si que estaba siendo hipócrita; pero a fin de cuentas, ¿para qué quiero yo atención? Suficiente me basta con la que ya tenía. Uno de mis zapatos se había ensuciado con suciedad de paloma; parecía que el mundo me trataba de la misma manera en la que yo me sentía conmigo mismo. Observaba su forma, era la de algún país o cuidad, con docenas de fronteras rectas que a lo lejos se forman irregulares. La suciedad no era de esas grandes que parecen coágulos de pintura. No. mas bien era de esas que son como los rezagos de mermelada en la tapa de su frasco; extremadamente aguada. Escuche la voz del hombre: '¿Decir qué?'. Ya casi olvidaba lo que dije. 'Que soy imposible; que no puedo existir.' Vaya, la suciedad repentinamente se escurrió un poco. Y yo creí que estaba totalmente seca. Después de decir eso, toqué mi mano con los dedos de la otra y fruncí mis labios hacia abajo, como niño mimado. 'Bueno, pero tu estas aquí. Existes. De lo contrario no podrías tocar tu mano.' ¡Pero que aire de sabiduría! El hombre dijo esto, con el tono de quien dice una revelación. Lo único que me alegró fue que estuviera al pendiente de mis acciones. Usaré los otros zapatos, esta mancha repele mis ánimos hacia abajo. '¿No lo crees?' Lo que creo es que quiero que me saque de aquí. 'Si. Tiene razón.' Dije, de la manera mas teatral posible: el ‹Si.›, tan triste como si yo no tuviera madre, y ‹Tiene razón.› reflexivo pero al borde del llanto. Por un momento hasta me sentí triste de verdad. El mejor actor de aquel cuarto; el único: este hombre de verdad piensa que lo que esta pasando aquí es real. Con esa ultima frase levanté la mirada, pero sin verlo, a modo de iluminado. Un pensamiento tan profundo como no existir hecho pedazos en solo unos segundos. No me importa realmente que sea imposible mi existencia; no mucho de lo que digo lo siento realmente...
'No te preocupes por lo que otros digan.' Diciendo aquello, acarició mi nariz; que por esos momentos rozaba su tobillo. Y giré mis ojos hacia el. No estaba seguro de si algún un punto sensible había sido rozado con esa frase. ¿Sería que el también entró en el juego de actuar? ¿Escondiendo ataques a mi sensibilidad en frases alentadoras? ¡Y dió palmaditas a mi nariz! Como todo timador: bueno o malo. Pero aunque esto me preocupaba bastante, más lo hacía la reflexión que su engañosa frase provocó. ¿Será posible que realmente me afecten las opiniones que tiene la gente sobre mi? Y tal vez no solo las que se refieren a mi físico: yo no me he dado mucho a querer. He hecho pagar con malos tratos a cualquier persona por el hecho de ser así. Como dije, no hace falta que yo sea hipócrita conmigo mismo. ¿Y ahora de verdad me preocupa aquel tema?
Mi cuarto era un chiquero, encima de que una pared era mucho mas corta que la de enfrente por el hecho de vivir en el ático. Casi como un monstruo al que esconden del mundo, pero que este lo observa pasar ignorante por su pequeña ventana elevada. Mi catre estaba destendido, y mi ropa tirada como minas en una guerra. Nunca advertí que este hombre vendría a despertarme, no fue mi culpa. Yo solo dormía y él llegó a decir mi nombre. Me desperté y noté que su cabeza casi rozaba con el inclinado techo; entonces tomó una silla, la colocó frente a mi cama y se sentó.Yo salí de las sabanas sentándome, lentamente obviamente. Vi mis pies y me asusté: el hombre los pudo haber visto. Me coloqué mis zapatos y hablamos. Ahora me paré, después de él obviamente. Y esperé a que estuviera a un metro y fracción de la puerta para poder salir. 'Mejor baje, yo lo alcanzo en la cocina.' No me molestaba, ya me había sobre-acostumbrado a este tipo de situaciones. No me molestaban para nada. Mientras él bajaba, yo aproveché para ponerme otro pantalón. En mi cuarto todo era mas fácil: mi nariz descansaba sobre mi cama y me lo pude poner fácilmente. Abroché mi cinturón y bajé.
PARTE DOS
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'¡Pero que aguante tengo!' Yo mismo me sorprendo. Esta vez viajé más que algún otro en la firma. Seré un héroe. '¿Dijo usted algo señor?' Parece que ya casi llegamos. '¿Eh?— pero que pedante soy — No, nada.' El pueblo no es colorido como me habían hecho creer. O no lo veo asi dentro de mi somnolencia de recién despertado a través de la ventana empañada del automóvil. Espero por lo menos que el niño no sea uno de esos ricos mimados que se quejan de su vida con quien se le plante delante. Estoy casi seguro de que su problema no es tan grave; pero con que la situación sea en extremo desesperante y miserable el programa lo apoya.
'¡Ey!' Idiota. 'Oh, perdóneme. Un error, jeje. Usted sabe.' Casi se me salen las tripas por la boca. 'No hay cuidado — ahora siento desesperadamente la nece-sidad de ser amable —. ¿Faltará mucho?' Maldita sea mi boca, no hubiera dicho nada. Si lo que quiero de verdad es que este idiota no vuelva a abrir la boca, ¿Para que le pregunto algo? Aunque sea algo tan tonto como eso. 'Unos minutos señor.' Esta vez ya no cometeré el error de hablarle. De cualquier manera, ya casi llegamos, solo no quiero que se acostumbre y piense que hizo amistad: aún falta el viaje de regreso. Chofer idiota.
Estoy muy adormilado, ni siquiera quiero ver las casas o la calle. Tampoco la piel del asiento. Además, estos huelen mal. A viejo. Lo único bueno es el piso: madera negra pulida. Es la primera vez que sueño cuando estoy en un viaje. Fue agradable, lo desagradable es que tengo que hacer mi trabajo. El chófer me mira por el retrovisor. ¡Me sonríe! ¿Que más puedo hacer? Le devuelvo la sonrisa. Me doy lastima. Sino fuera por lo que ganaré... y no solo yo: lo que ganaremos; no vendría hasta acá a tratar con niños feos y sus depresivas familias. Actualmente hay cinco niños apuntados, dos de mi cosecha. No sé nada sobre los otros tres pero en lo que respecta a los míos; uno tiene ese síndrome de la lengua larga. Los hace parecer orientales: les redondea la cara y les estira la piel. Los ojos se les rasga pero se botan a la vez. Son muy torpes pero no tontos. En cambio, el otro niño si que era tonto. Tampoco es su culpa, pero molesta bastante. Y lo más curioso es que a distancia se notaba claramente que la familia lo quería afuera de la casa. Aceptaron y firmaron en seguida. Vivía bastante lejos de aquí: serán unas tres cuidades al sur, contando con kilómetros y kilómetros de autopista. Estuvimos meditando, antes de emprender el viaje, sobre el asunto de cargar con los niños. Tajantemente argumenté que no. No me importa que los niños sean extraños o torpes, el problema esque le pueden tomar cariño a uno. Que pesadilla. Despúes uno es el culpable de que lloren y se pongan sentimentales.
Odio cuando mi cerebro no para. En cuanto llegue a la susodicha casa pediré tinta y papel, aun no le he escrito a Blanche. No es molestia escribir; al fin y al cabo, la desposé. Recuerdo que ella estaba fascinada por el viaje cuando me fuí. Pienso yo, no fue por el hecho de irme, sino por la causa: aparentemente altruista; razón suficiente para no confesarle la realidad. Es muy simple ella; sosa, dirían algunos.
¡Pero que risa... ! Ese niño robandose la fruta. No sería tan gracioso si el niño fuera un poco mas hábil. 'Se dice que así es la juventud por estos lugares.' Faltaba poco... Ni hablar, haré que sienta directamente mi reproche: 'Gracias por el dato. Continúe conduciendo por favor.' ¡Jaja! Unicamente se molestó y se acurrucó en su asiento. Espero que así continúe todo el viaje; molesto. 'Estimado señor; le informo solamente que en tres cuadras más, llegamos al destino.' Ya no sé si prefiero permanecer aquí o entrar a la casa a hablar con la familia. Oh. Un hotel de paso. Es cercano, lo mas seguro esque pase ahí la noche. '¿Ya... ? — preguntó el chofer — Olvídelo, nada.' Bastardo. Tal vez piensa que eso me molesta. '¿Qué si ya vi el hotel? — ahí va lo bueno — Si. Muchas gracias, pero esta vez no hicieron falta sus observaciones para que yo lo notara — esperé unos segundos —. Ahí me quedaré esta noche, puede buscar uno más barato.' Con eso tendrá suficiente.
El chofer dió la última vuelta. Me mentalizo y preparo lo que diré. Se supone que este niño no tiene problemas mentales: sino deformidad en el rostro. Ahí está, el ocho de la cerrada número cuatro de Alfred Jarry. Unas ancianas me observan desde la acera y nos ven aparcar frente a la casa del niño, se secretean y aparentan irse. Es una cerrada muy fina, todos aquí facilmente conocerán al niño. Odoric Antoine Brindis, ese es su nombre. La entrada es típica; escaleras, rejilla de fierro y portón de madera.
¡Y ese maldito auto! Disimularé no haberlo visto. Sospeché haberlo visto en Salvatore, la cuidad del niño con restraso. Es inconfundible: amarillo, pero despintado en algunas partes, casi aleatorias, dejando ver la pintura color azul debajo. No hay otro automóvil de ese color en todo el continente. Pero no sé que hacer. Ni siquiera qué pensar. Volteo el rostro al frente, la puerta del auto se abre y me orillo hacia afuera. Saco primero las piernas, apoyo los pies y entonces salgo. La calle es fría y humeda, parce que llovió recientemente. Pudo pasar mientras dormía hacia acá. Me inclino nuevamente dentro y estiro el brazo. Es mejor que use mi abrigo. Lo saco, lo sacudo y me lo pongo. Después subo a la acera y al voltear me doy cuenta de que las ancianas siguen mirando. Carroñeras. No estoy nervioso, pero cuando escucho el sonido de la puerta del auto cerrarse por el chofer, esto se termina. Buenos dias... ¿Casa de la familia Brindis? ¡Pues claro! En la puerta lo dice. Que tonto soy. La casa es de estilo Americano, y toda blanca, exceptuando la puerta. Estoy mas nervioso que las otras veces, desconosco por que. Miro al chofer, me da animos con sus manos de la manera en la que empujaría a un niño pequeño a nadar. Siento igual que si estuviera a punto de invitar a alguién a cenar. Malestar estomacal y ganas de defecar. Además de la sensación de moscas en la boca del estómago.
Toco la puerta y espero a que abran.
'¡Pero que aguante tengo!' Yo mismo me sorprendo. Esta vez viajé más que algún otro en la firma. Seré un héroe. '¿Dijo usted algo señor?' Parece que ya casi llegamos. '¿Eh?— pero que pedante soy — No, nada.' El pueblo no es colorido como me habían hecho creer. O no lo veo asi dentro de mi somnolencia de recién despertado a través de la ventana empañada del automóvil. Espero por lo menos que el niño no sea uno de esos ricos mimados que se quejan de su vida con quien se le plante delante. Estoy casi seguro de que su problema no es tan grave; pero con que la situación sea en extremo desesperante y miserable el programa lo apoya.
'¡Ey!' Idiota. 'Oh, perdóneme. Un error, jeje. Usted sabe.' Casi se me salen las tripas por la boca. 'No hay cuidado — ahora siento desesperadamente la nece-sidad de ser amable —. ¿Faltará mucho?' Maldita sea mi boca, no hubiera dicho nada. Si lo que quiero de verdad es que este idiota no vuelva a abrir la boca, ¿Para que le pregunto algo? Aunque sea algo tan tonto como eso. 'Unos minutos señor.' Esta vez ya no cometeré el error de hablarle. De cualquier manera, ya casi llegamos, solo no quiero que se acostumbre y piense que hizo amistad: aún falta el viaje de regreso. Chofer idiota.
Estoy muy adormilado, ni siquiera quiero ver las casas o la calle. Tampoco la piel del asiento. Además, estos huelen mal. A viejo. Lo único bueno es el piso: madera negra pulida. Es la primera vez que sueño cuando estoy en un viaje. Fue agradable, lo desagradable es que tengo que hacer mi trabajo. El chófer me mira por el retrovisor. ¡Me sonríe! ¿Que más puedo hacer? Le devuelvo la sonrisa. Me doy lastima. Sino fuera por lo que ganaré... y no solo yo: lo que ganaremos; no vendría hasta acá a tratar con niños feos y sus depresivas familias. Actualmente hay cinco niños apuntados, dos de mi cosecha. No sé nada sobre los otros tres pero en lo que respecta a los míos; uno tiene ese síndrome de la lengua larga. Los hace parecer orientales: les redondea la cara y les estira la piel. Los ojos se les rasga pero se botan a la vez. Son muy torpes pero no tontos. En cambio, el otro niño si que era tonto. Tampoco es su culpa, pero molesta bastante. Y lo más curioso es que a distancia se notaba claramente que la familia lo quería afuera de la casa. Aceptaron y firmaron en seguida. Vivía bastante lejos de aquí: serán unas tres cuidades al sur, contando con kilómetros y kilómetros de autopista. Estuvimos meditando, antes de emprender el viaje, sobre el asunto de cargar con los niños. Tajantemente argumenté que no. No me importa que los niños sean extraños o torpes, el problema esque le pueden tomar cariño a uno. Que pesadilla. Despúes uno es el culpable de que lloren y se pongan sentimentales.
Odio cuando mi cerebro no para. En cuanto llegue a la susodicha casa pediré tinta y papel, aun no le he escrito a Blanche. No es molestia escribir; al fin y al cabo, la desposé. Recuerdo que ella estaba fascinada por el viaje cuando me fuí. Pienso yo, no fue por el hecho de irme, sino por la causa: aparentemente altruista; razón suficiente para no confesarle la realidad. Es muy simple ella; sosa, dirían algunos.
¡Pero que risa... ! Ese niño robandose la fruta. No sería tan gracioso si el niño fuera un poco mas hábil. 'Se dice que así es la juventud por estos lugares.' Faltaba poco... Ni hablar, haré que sienta directamente mi reproche: 'Gracias por el dato. Continúe conduciendo por favor.' ¡Jaja! Unicamente se molestó y se acurrucó en su asiento. Espero que así continúe todo el viaje; molesto. 'Estimado señor; le informo solamente que en tres cuadras más, llegamos al destino.' Ya no sé si prefiero permanecer aquí o entrar a la casa a hablar con la familia. Oh. Un hotel de paso. Es cercano, lo mas seguro esque pase ahí la noche. '¿Ya... ? — preguntó el chofer — Olvídelo, nada.' Bastardo. Tal vez piensa que eso me molesta. '¿Qué si ya vi el hotel? — ahí va lo bueno — Si. Muchas gracias, pero esta vez no hicieron falta sus observaciones para que yo lo notara — esperé unos segundos —. Ahí me quedaré esta noche, puede buscar uno más barato.' Con eso tendrá suficiente.
El chofer dió la última vuelta. Me mentalizo y preparo lo que diré. Se supone que este niño no tiene problemas mentales: sino deformidad en el rostro. Ahí está, el ocho de la cerrada número cuatro de Alfred Jarry. Unas ancianas me observan desde la acera y nos ven aparcar frente a la casa del niño, se secretean y aparentan irse. Es una cerrada muy fina, todos aquí facilmente conocerán al niño. Odoric Antoine Brindis, ese es su nombre. La entrada es típica; escaleras, rejilla de fierro y portón de madera.
¡Y ese maldito auto! Disimularé no haberlo visto. Sospeché haberlo visto en Salvatore, la cuidad del niño con restraso. Es inconfundible: amarillo, pero despintado en algunas partes, casi aleatorias, dejando ver la pintura color azul debajo. No hay otro automóvil de ese color en todo el continente. Pero no sé que hacer. Ni siquiera qué pensar. Volteo el rostro al frente, la puerta del auto se abre y me orillo hacia afuera. Saco primero las piernas, apoyo los pies y entonces salgo. La calle es fría y humeda, parce que llovió recientemente. Pudo pasar mientras dormía hacia acá. Me inclino nuevamente dentro y estiro el brazo. Es mejor que use mi abrigo. Lo saco, lo sacudo y me lo pongo. Después subo a la acera y al voltear me doy cuenta de que las ancianas siguen mirando. Carroñeras. No estoy nervioso, pero cuando escucho el sonido de la puerta del auto cerrarse por el chofer, esto se termina. Buenos dias... ¿Casa de la familia Brindis? ¡Pues claro! En la puerta lo dice. Que tonto soy. La casa es de estilo Americano, y toda blanca, exceptuando la puerta. Estoy mas nervioso que las otras veces, desconosco por que. Miro al chofer, me da animos con sus manos de la manera en la que empujaría a un niño pequeño a nadar. Siento igual que si estuviera a punto de invitar a alguién a cenar. Malestar estomacal y ganas de defecar. Además de la sensación de moscas en la boca del estómago.
Toco la puerta y espero a que abran.
Gracias por leer.
Aún falta muchísimo.
aaaaam de hecho no, mo lo recuerdo a decir verdad ja ja ja ja ps supongo que tienes razon, pero francamente fue como mas que una desilucion, fue como... no sabria explicarlo, pero de q me encabrone de que un pinche cuento tipo "las flores, el arcoiris y mi obsecion por mi infancia perdida" me ganara
ResponderEliminarSe llama 'dulces en el suelo', y que yo sepa no están disponibles para ser leídos.
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