jueves, 10 de junio de 2010

en el foso de la desesperacion

hola soy master! master! master of.... palomitas
como recordaran, entre con una obra mia (de mi creasion) a un concurso de cuento literario, y bueno como pueden suponer mi obra es sombria, etc, etc, sinceramente y no solo por ser mia, se que debio ganar, mas al parecer al jurado le parecio mejor idea cuentos q invitan a la imaginacion a oensamientos vanales tipo "aaaaya soy herry potter" o "aaaa soy un vampiro gay" o "aaaa se me cayeron los dulces" (asi se llamo el cuento... digo mierda que gano "dulces en el piso) este concurso nos enseña que
A) la iberoamericana la gente es mierda que considera mas literario a harry poter que a la escuela y corriente lovecrafniana
B) que la literatura se esta volviendo caca y la persepcion de esta tambien con obras de ese corte
C) nunca te esfuerses en un medio artistico dentro de este pais, ya que la gente ess muy PENDEJA y por mas genial que seas, te mandaran a la chingada solo por hacer algo diferente
en fin solo me quedo con la consigna de MUERTE AL DEPARTAMENTO DE LETRAS DE LA IBERO y con el deseo de que le manden un correo electronico al lic. rodrigo sanchez rojo, su correo es rodrigo.sanchez@uia.mx e invitenlo cordialmente a que chingue a toda su putisima madre
bueno por ultimo mis queridos lectores, les dejo mi trabajo, el sueño roto de un escritor, mi cuento en el foso de la desesperacion

En el foso de la desesperación

No sé dónde estoy, día y noche me resultan iguales, tanto que se ha vuelto absurdo tratar de saber cuánto tiempo tengo aquí. Mis sentidos son inútiles, la obscuridad de este infernal lugar es imposible de disipar, el silencio carcome lentamente mi alma hasta llevarme al borde de la locura.
En este lugar de inmensa soledad, la única manera en la que puedo definir dónde termino es la sensación de las ratas, que de vez en cuando salen de sus madrigueras y mordisquean mis dedos, brazos y piernas; el dolor que da la sensación de ser comido lentamente es horrorosa, pero preferible a no poder definir si estoy vivo o muerto.
A cada momento que pasa respirar es más difícil, y mientras, siento cómo me rompo por dentro. Sé que mi final está cerca. Añoro la libertad, pero tratar de huir de este lugar ahora es más que inverosímil. Apenas me queda fuerza en el cuerpo para seguir moviéndome. Mi alma, que desea volver a ver la luz, se convierte en prisionera de mi cuerpo.
Furia, amor, odio, tristeza, nada de eso existe más, ahora sólo soy presa del miedo, y no a morir (eso sería lo más estúpido que pueda pasar por mi mente), sino de estar aquí un segundo más. Ahora conozco el infierno, y sólo la muerte me sacará de aquí.
Hasta donde recuerdo, era un hombre, respondía al nombre de Stephen, y, aunque no recuerdo porqué, la gente al verme se horrorizaba, me consideraba un monstruo.
¿Qué es eso?, una voz me llama… ¿Qué dice?, el idioma lo desconozco, jamás había escuchado algo similar, y aunque no podría repetir el mensaje, tengo la sensación de que entiendo lo que dice. Debo escapar, es lo que la voz intenta comunicarme, pero hay algo que quiere entrar en mí, siento cómo mi alma es violada y corrompida mientras ese antifonético mensaje palpita en mi mente. No creo soportarlo más, mi mente va a quebrarse.
Acabo de despertar, está obscuro, como siempre, y tras el espeluznante encuentro con aquel ente que intentó fundirse conmigo, he decidido romper las ataduras, que parece se han vuelto parte de mí.
El esfuerzo, el dolor y la sensación de mi sangre que resbala lentamente por esas gruesas sogas que me aprisionan y detienen mis brazos y piernas, me hacen pensar en flaquear; pero mi anhelo de volver a ver la luz de la libertad, aunado al terror de encontrarme una vez más con lo que haya sido que provocó que escuchara esa extraña voz en mi cabeza, me hacen estar dispuesto a utilizar la poca fuerza que aún me queda.
En aquel lugar de tremenda soledad, en el que ni un grito desgarrador podría haber sido escuchado, un sonido finalmente perturbó la siniestra sensación de homeostasis de profunda quietud, aquel sonido era realmente leve. Similar al de algo rasgándose.
- Sentí como si algo cambiara y de pronto aquellas incómodas sogas se hubiesen aflojado; un pequeño haz de luz me cegó, dándome la ilusión de que al fin el tiempo comenzaría a correr de nuevo; pero eso no es todo, cerca de mi cara una sombra se proyecta, pero no estoy completamente seguro de qué es; posiblemente esa tétrica sombra, similar a la rama de un árbol, la cual a su vez tiene pequeñas y agudas ramificaciones, se trate de mi mano, la cual no he visto en no sé cuánto tiempo.
- Han pasado aproximadamente cinco ciclos… es así como suelo llamar al hecho de que aquel misterioso haz de luz comenzara a aparecer y un rato después se desvaneciera. Si tuviera que describir esa luz, sería como pequeña, y no es porque sea tenue, realmente en ocasiones llega a ser deslumbradora, pero aun así no deja de darme esa apariencia, es como si se tratara de un luz infante; no es cálida, pero tampoco da una sensación de desolación, es como tuviera que estar aquí por algún motivo en particular; y si preguntan por su color, eso es lo más extraño, pues no tiene un color fijo, está en constante movimiento: rojiza, amarilla, violeta, es verde, de tono acuoso; es un vereda profundo que me hipnotiza, y hace que me pierda dentro de ella. Es realmente servicial, no solo me permitió ver que mi encierro dentro de este purgatorio no es necesariamente permanente, sino que además a veces es tan intensa que me permite ver aquellas grotescas ratas, son roedores como ningún otro que haya visto, con pelaje negro, que casi no refleja luz, y desproporcionados ojos rojos. Esas ratas son desagradables, he sentido un primitivo placer por devorarlas, y no es aquel natural placer que se siente al comer, sino algo más, que no puedo evitar: el de matarlas, mi euforia en ese momento es más que evidente, cuando tomo a uno de estos seres y muerdo sus pequeñas extremidades, el sonido de su chillido lleno de dolor y pánico junto con la sensación de la sangre que cae sobre mi rostro, humedece mi barba, y alcanza a salpicar mi pecho, me hace reír, mientras que en mente no puedo ignorar la frase quién devora a quién.
- Han pasado otros cinco ciclos, creo que es hora, mi dieta a base de ratas me ha dado fuerza, creo que es el momento indicado para soltar mi otro brazo.
El hombre comenzó a hacer esfuerzo con su brazo, izquierdo, preso por la gruesa soga y amarrado al piso. El rostro del hombre enrojeció, sus gestos faciales delataban el empeño con el que estaba jalando de la soga, y al cabo del término de un ciclo, el brazo izquierdo del hombre estaba liberado. Una vez ambas extremidades liberadas, pudo quitar al ciclo siguiente la más gruesa de las sogas, que era le tenían preso por el abdomen; posteriormente, liberarse las piernas fue algo verdaderamente sencillo.
Una vez que pudo incorporarse, Stephen de manera instintiva inspeccionó su cuerpo, parecía como si no estuviera familiarizado con él: era alto, como lo recordaba, pero el tono muscular que él creía poseer se había ido, ahora la figura de este hombre era más parecida a la de un cadáver que a la de un hombre.
Al estar ya acostumbrado a su “nuevo” cuerpo, se dedicó a indagar en dónde se encontraba, el lugar era simplemente un hoyo en la tierra, de aproximadamente 15 metros de altura, el piso del lugar estaba cubierto con agua, de unos cinco centímetros de profundidad, y tenía un hedor a sangre y putrefacción.
- Al analizar mis opciones para salir de este lugar, sólo puedo llegar a la conclusión de que mi única oportunidad de salvación es escalando los colosales muros de tierra que lo delimitan.
Al comenzar su travesía, la mente de Stephen no podía retener un solo pensamiento por más de un segundo, su mente se estaba acelerando, a cada cuestión que le podía llegar a la cabeza, un respuesta aparecía inmediatamente.
Los pensamientos se volvían más intensos conforme pasaba el tiempo, hasta que tuvo una visión, en la cual él estaba frente a frente con un ser de ojos de color rojo y contorno humanoide, mas el resto de las facciones no eran visibles, debido a que estaba prisionero en una celda. A la par de aquella visión, la voz que ya había escuchado anteriormente dentro del foso comenzó a manifestarse una vez más.
El mensaje era el mismo, sin embargo esta vez las sensaciones eran más intensas, igual que la aguda voz. Su alma se sentía aún más agredida, e incluso el mensaje era más comprensible. Si se tuviera que decir lo que Stephen entendía, sería algo como ven, sal de ahí, ven a mi encuentro, vuelve a mí, vuelve a tu origen. Stephen quedó inconsciente tras su episodio, y cayó del muro, desde una altura de casi cinco metros.
Al despertar, Stephen estaba en un lugar nuevo para él, era similar a un calabozo, limitado por una gigantesca reja de oro, junto a él estaba un hoyo de aproximadamente cinco metros de diámetro, y no había techo. A la lejanía dos voces se escuchaban, cada vez más cerca, y de manera casi instintiva Stephen fingió estar muerto, y con los ojos entrecerrados se mantuvo tirado, observando.
Aquellas personas eran dos hombres que portaban largas túnicas negras. Cuando vieron en ese lugar a Stephen se consternaron, y comenzaron a hacer preguntas acerca de cómo había llegado hasta ese lugar. Sacaron la conclusión de que seguramente escaló los muros del foso, y que el esfuerzo de dicho acto había causado su muerte. La verdad es que Stephen no sabía cómo ni en qué momento había llegado a ese lugar, es más, ni siquiera podía precisar en dónde estaba. Pero antes de que los monjes dieran respuesta a la última interrogante, lo recogieron del piso; su bajo peso ocasionado por la falta de alimentación durante la gran mayoría del tiempo que pasó en aquel lugar, permitió que uno de los dos monjes lo levantara y llevara sobre su hombro izquierdo, con rumbo al crematorio; al escuchar esto, Stephen, como si fuera un mero instinto tomo al monje que lo llevaba cargando por el cuello, y de un movimiento rápido y sutil, rompió el cuello de aquel hombre, el cual, como si fuera una vieja muñeca de trapo, cayó muerto.
El otro monje no se percató de esto, pues el asesinato fue vertiginoso. Stephen, acechando cual tigre por la espalda de la incauta víctima, se aproximó a él con pasos lentos y pisadas suaves, y al estar a menos de un metro de él, el monje tuvo una sensación de frío intenso, diferente a cualquier otro sentimiento que haya experimentado, fue como si toda la sangre se helara en un instante. Volteó y vio a ese ser de grotesco aspecto, el mismo que pensó muerto.
Al principio el monje intentó defenderse, amenazando a Stephen con una daga blanca, hecha de plata y con forma de cruz, pero en aquel momento Stephen no sentía miedo ni remordimiento, lo único que por su mente pasaba era aquella primitiva idea de supervivencia a toda costa; el monje, una tras otra estocada, buscaba el delgado cuello de Stephen, pero el pánico que sentía entorpecía sus movimientos, dándole a Stephen la oportunidad de tomar al hombre por la muñeca derecha, hasta hacer que la mano portadora de la daga se acercara más al rostro del monje; pero la escuálida complexión de Stephen le impidió realizar esa limpia ejecución, así que se vio forzado a apretar con ambas manos la muñeca del monje, con la intención de hacerlo soltar la brillante arma.
El monje se puso de rodillas, su rostro enrojeció, parecía entender que en el momento en que el soltara la daga moriría, desprenderse de su arma sería igual a perder la vida. Pero no importó qué tan unido estuviera al arma o la vida, el dolor fue causando que poco a poco la mano del monje aflojara la daga, hasta el punto en que la soltó; ésta cayó al piso con un sonoro estruendo, Stephen la pateó hacia atrás, soltó la muñeca del monje, y en con movimiento rápido tomó a su víctima por el cuello, se impulso con las piernas, dejó caer su peso, y una vez en el piso, ambos agotados, Stephen literalmente le dio la mordida letal; imitando fielmente a un feroz tigre, mordió el cuello del monje, destrozándole la tráquea y dejando al monje agonizante, en espera de la muerte por falta de oxígeno.
Stephen tomó de suelo la daga, se puso la túnica del primer monje asesinado, y caminó en la dirección contraria a la que los monjes lo llevaban. El lugar era un pasillo largo, parecía no tener fin, la iluminación era mínima, sólo las antorchas que estaba a los lados del pasillo, en intervalos de cinco metros, proporcionaban luz; al final había una puerta con un espacio hueco en forma de cruz, con la punta inferior estilizada. Stephen metió la daga en el espacio y la puerta se levantó.
Al otro lado de la puerta encontró un monasterio. De amplio interior, con arcos pronunciados, monjes con túnicas negras, caminado por doquier, sin sospechar que uno entre ellos no pertenecía a su extraña logia.
Stephen comenzó a caminar por el templo, subió y bajó escaleras. Recorrió cada pasillo, y habitación de aquel monasterio, hasta que guiado por alguna extraña fuerza, se dirigió al piso más bajo de la edificación. Por momentos incluso parecía que conocía desde hace años el templo, y con cada paso que daba crecía su certeza de que, si seguía por el camino por el que aquella fuerza lo guiaba, encontraría las repuestas a ¿cómo llego hay? ¿Qué era aquella cosa que intentó comunicarse con él? ¿Por qué estaba en ese lugar? Y más importante aún, ¿dónde estaba?
A cada paso que daba la sensación era más fuerte y familiar, cuasi un estado de éxtasis, como si supiera que algo grande iba a suceder, y aunque la sensación le resultaba cómoda y muy familiar, no lograba recordar dónde la había experimentado antes. Por fin su búsqueda terminó. Frente a él una puerta con una extraña pintura, en la que dos soldados, uno de armadura roja y otro blanca, se encontraban a los costados de un árbol; justo encima de éste un sol de facciones humanas, que es atacado por un león, y toda esta bizarra imagen aparecía rodeada por un dragón que mordía su propia cola.
Stephen acercó su mano a la puerta, pero antes de tocarla, la puerta -justo igual que la otra-, se levantó, permitiendo el paso a un pasillo cubierto de un espeso humo blanco. En ese onírico lugar había varias habitaciones. Sin pensarlo dos veces Stephen abrió una, y lo que vio lo horrorizó: era uno de los monjes golpeando brutalmente a una niña de aproximadamente seis años. Stephen cerró la habitación, volvió al pasillo, y aún con la necesidad de encontrar la fuente de aquella fuerza que le causaba tanta confusión y placer, abrió otra puerta, tras la que encontró a otro monje, sodomizando a una mujer, la cual suplicaba por su vida. Stephen huyó de esa puerta y continuó abriendo las restantes. En cada una de ellas encontraba asesinato, violación, humillación, hasta que al final, después de poder observar detrás de las seis puertas, encontró la fuente de la fuerza. Era justamente aquel lugar que apareció en su visión, todo estaba ahí: la reja, la obscuridad, y esa figura humanoide con los penetrantes ojos rojos. Por fin, al estar frente a frente, ese extraño ser se comunicó de manera oral con Stephen ph´ngwlu Stephen ph´ngwlu mgw´l nagl, con un tono grave y rasposo. Lo que significaba este mensaje fue muy claro para Stephen, tan claro que pudo traducir palabra por palabra, aquí estás Stephen aquí estas, únete a mí volvamos a ser uno.
Stephen estiró la mano, buscando tocar a ese ser y unirse a él, reunirse con ese ser que afirmaba ser parte de él, pero una luz destellante me cegó, y al abrir los ojos descubrí que la realidad era más cruda, no estaba en ningún monasterio, ni en algún onírico pasillo, tampoco en aquel foso despreciable, no fue más que un sueño, ¿quién soy? Me llamo Stephen, Stephen Richardson, profesor de filosofía en la universidad de Miskatonic, en Arkham, Massachusetts, y en lo que concierne a ¿dónde estoy? estoy en prisión, y ¿por qué estoy aquí? Porque a sangre fría sodomicé y maté a mi esposa frente a los inocentes ojos de mi pequeña hija de seis años, a la que violé y maté después, y ¿por qué lo hice?... contrario a lo que se pudiera pensar, amaba profundamente a mi hija y a mi esposa, lo eran todo para mí, mas quería respuestas, necesitaba saber qué me hacía humano, dónde se encuentra esa delgada línea que separa a un humano de cualquier otro animal, quería saber qué es el alma, cómo se crea y dónde estaba. Para obtener las respuesta, necesitaba cortar cualquier lazo que me uniera a mi humanidad, ¿estoy loco? Supongo que sí, pero la locura es la expresión de humanidad por excelencia, y todos, sin excepción alguna, somos presas de la locura en algún momento. Mientras me transportan a mi fatídico destino pienso en todas las preguntas que tenía y en las nulas respuestas que obtuve.
Yo, Stephen Richardson, condenado a la silla eléctrica, cumpliré con mi destino, y mientras esta máquina se encarga no sólo de quitarme la vida, sino de hacerme pagar por haberme dejado llevar una vez más por mi incesante deseo natural por saber, pido disculpas a mi amada y a mi hija.
La máquina ha sido encendida, y siento cómo lentamente mis órganos se queman, siento que los gestos de mi cara se hacen más grotescos, pierdo el control sobre mi propio cuerpo, el olor a carne quemada no tarda en llegar, mientras siento las flamas que queman mi cerebro. Deseo ser absorbido por mis pecados, pero para alguien como yo, la salvación no existe.

Master of palomitas

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